DEL LIBRO “ROCK NENA LINDA” Fantasía en cinco sets Tuve una enorme alegría cuando me nombraron Enviado Especial para cubrir la información del Torneo de Wimbledon. La última vez que había salido al exterior fue para la prueba de San Silvestre, en San Pablo. A pesar de mi precario inglés, los cronistas locales y las autoridades del torneo me atendieron bien, ofreciéndome toda clase de datos y de estadísticas sobre la historia del gran torneo de Wimbledon. Todo se desarrolló en forma normal hasta la final Borg-McEnroe. El sueco había conquistado cuatro veces consecutivas el trofeo y se perfilaba como favorito. Aunque, para mi gusto, el “niño terrible” ya era uno de los grandes. Me lo había comentado el propio Enrique Morea y el “mecano” Julián Ganzábal. Muchos colegas argentinos estimaban que la lucha sería a muerte. Y a pesar de la objetividad que debe imponerse el periodista, uno en su fuero íntimo, suele llevar su simpatía. En mi caso, el que debía ganar era McEnroe. Tuve esa certeza al finalizar el primer set 6-1 a su favor. La perplejidad de todos —hasta la del propio Borg— había ido en aumento game a game de aquel primer set. El “hombre de hielo” —Borg— había perdido la línea y el nerviosismo se denotaba en su rostro. En una jugada, al disponerse a replicar, la raqueta salió despedida de su mano. Al promediar el segundo set entendí que algo le pasaba a McEnroe. Y no era porque tenía al público en su contra, si bien esto lo perjudicaba psicológicamente. De pronto rifó dos pelotas en forma inexplicable con toda la cancha a su disposición y con Borg en un ángulo fuera de acción. El game que McEnroe ganaba fácil lo malogró en una doble falta y con una pelota que se le cayó a la red. El score fue variando en favor del sueco, no por sus méritos, sino por los desastrosos desaciertos de McEnroe, el que se “suicidaba” jugando mal, de manera que no se podía explicar. Uno de mis colegas dijo que algo raro le pasaba al norteamericano. Insinuó que la tribuna lo había inhibido, que no se explicaba el accionar tan irregular de McEnroe en posiciones comunes para todo tenista. Observé con atención al niño terrible y vi de golpe que una sombra blanca se movía paralelamente a su cuerpo. Me puse los anteojos de sol. Pensé que se trataba de un efecto óptico. Temblé al comprobar que no era una alucinación o un efecto visual. En un globo del sueco la sombra se abalanzó sobre McEnroe haciéndolo doblar la raqueta y enseguida una pelota que tenía destino milimetrado para ganar el game fue desviada como por arte de magia ante los ojos absortos del público, que se había adelantado aplaudiendo el descontado tanto. Entonces ya vi al fantasma blanco en toda la cancha. No podía admitir esa lucha desigual. Pedí hablar con las autoridades del torneo. No me hicieron caso. La titánica lucha era “pareja” para todos menos para mí. Un colega sueco me dijo: “Tenemos al mejor del mundo” Le contesté que no dudaba de las aptitudes de Borg, sin embargo, no era éste su mejor nivel, aunque estuviese triunfando. Y le grité que un duende, un fantasmito, ayudaba a Borg para derrotar al norteamericano. Varios colegas argentinos me miraron y me gastaron un par de bromas. El periodista sueco no volvió a dirigirme la palabra. Sólo yo sabía que el niño terrible luchaba contra dos contendientes. La indignación crecía en mí y al fin, decidí bajar. Me acerqué a los segundos de McEnroe. No atendieron mi argumentación. Vi que un policía se acercaba. Le mostré las credenciales y me dijo con cortesía que tomase ubicación en el lugar asignado al periodismo. Aproveché para ir a uno de los baños con la idea de escribir un mensaje y hacérselo llegar a McEnroe. Busqué a un boy de gorra a cuadros —que había visto antes cerca de los vestuarios— y le entregué el mensaje con unos chelines de propina. El sol se había apagado y el campo se tornó gris. Había comenzado el cuarto set y Borg en tres raquetazos ganó el primer game. Traté de observar al duendecito y no lo pude localizar. El niño terrible había comenzado a hacer de las suyas y no le daba tregua al sueco. Se había nublado por completo y el viento frío congelaba los huesos. Menos mal que sirvieron café caliente varias veces. McEnroe lució su destreza y, en un game que esta-ban iguales, con un elegante toque de efecto, dejó pican-do la pelota, haciendo estéril la zambullida de Borg. Ven-taja para McEnroe. Respiré: el fantasmito ya no se veía. Ganó el set el chico terrible y ahora estábamos 2-2. El periodismo seguía discutiendo sobre las posibilidades de ambos tenistas. Muchos de los que antes daban por descontada la victoria del sueco, dudaron a partir de esta igualdad. Hasta decían que McEnroe debía ganar. Me enteré que varios medios londinenses esperaban el desenlace con dos títulos preparados: “Ganó Borg-Ganó McEnroe”. Un periodista alemán adujo que la calidad del sueco iba a imponerse. Le dije que era incontrastable que había aparecido en el tenis mundial un nuevo monstruo: McEnroe. Me cobijé mediante una visera del sol que había reaparecido con toda su fuerza y quemaba. Presentía el triunfo de McEnroe. Sin embargo, comenzó con aplomo Borg el primer game del último set. Me quedé helado cuando el norteamericano quiso colocar una pelota y se le cayó a la red. Era un tanto decisivo. McEnroe se quedó con las dos manos en la cintura, impotente. Borg también había cometido errores, pero no eran tan graves y tan continuados como los de McEnroe. Busqué desesperado al duendecito y lo vi: saltaba y saltaba junto a las piernas del niño terrible. Entonces sucedió lo que para todos fue una pelota inalcanzable para McEnroe: el fantasmito había agarrado sus piernas en el momento que replicaba y el jugador cayó aparatosamente al suelo. Match point. Otra pelota que iba hacia el centro del campo de Borg —cuando había quedado descolocado— tomó vuelo y velocidad como un avioncito de papel, aterrizando centímetros fuera de la línea. Ganó Borg. McEnroe comenzó a dar raquetazos al aire. Sólo yo me di cuenta de que eran para el duendecito. Ni el propio Borg creía en el triunfo: arrodillado, festejaba una conquista impresionante. Ya no me importaba nada: ni la nota ni los reportajes ni el dinero apostado a favor del niño terrible. En el campo ya desierto, quise ubicar al fantasmito. No estaba. El sol había caído definitivamente. Y me encaminé hacia el salón de las télex para los periodistas acreditados. TATATATATAGOOOOOL Veníamos de San Juan y el calor nos agobiaba. Nené prendió la radio. Sentí la voz de un relator de fútbol —para mí desconocido hasta ese momento— que transmitía la final Boca-Palmeiras desde la hermana República Oriental del Uruguay. —¿En dónde estamos? —Estamos entrando en la Provincia de Buenos Aires —le aclaré a mi cuñado— ¿cómo va Boca? —No sé, no me interesa. Entonces me dio la radio. Claro, éramos de River. —¿Tomamos unos mates, Nene ? —Bueno, unos matungos no vendrán mal. —Ta ta ta solo frente al arquero, lo va a fusilar, ta ta ta... —la voz del relator. Lo miré a Nené. —La gozás porque Boca no va ganando, eh. —Sí. —No tenés que ser así —le dije—, con Boca los de River somos primos hermanos. —Seguro —dijo, con sorna—. Por eso nos llevamos como la mona. —Cómo transmite ese muchacho, qué original, qué estilo, el partido lo vive y te lo hace vivir. —Si transmitiera a River, todavía. Reímos. De pronto, el micro se desvió a un costado del camino. —¿Qué pasa? —preguntó una señora. —Hay milicos en la ruta —explicó uno que leía el diario. —Requisa —dijo el chofer—. Nos harán bajar a todos. —Hay que joderse —dijo alguien atrás—. Encima que vamos con atraso... —¿Qué buscarán? La pregunta la había hecho una mujer que iba con un bebé. —Subversivos —dijo al chofer. Nos hicieron bajar a todos. Las mujeres en una pared del micro. Los hombres en la otra pared, con las manos en alto. Pidieron documentos. Miraban con ahínco los mismos. Las fotos, primero. La cara de la gente, después. —No somos ladrones —se atrevió a decir la mujer que viajaba con el bebé. —Cállese, señora. Recibimos órdenes. —Dígame su número de documento —me instó un soldado. Titubeé. El miedo se apoderó de mí. No me acordaba. Diablos. Seis millones, seis millones... —Seis millones...espere, —Sí. Seis millones y ¿cuánto? —Seis millones —recordé— trescientos mil... —¿No sabe su número de cédula? ¿Y el de la libreta de enrolamiento? Me quedé mudo. Nené me miró y dijo: —Decíles la verdad: que nunca los memorizaste. —Ciento uno... —¿Está bromeando? ¿Quiere decirme que su documento tiene tres números? Temblé. —No...quiero decirle que termina en ciento uno... Se había acercado un oficial. —¿Qué pasa, soldado? —No sabe bien los números de su documento, mi sargento. —¿Dónde trabaja? —En la Italo —respondí. —¿Y eso qué es? Me miró fijo. —La Italo Argentina —intenté explicar; de golpe me vino a la memoria el número completo—. Seis millones trescientos ocho mil ciento uno. —¿Cédula o libreta? —inquirió el sargento. —Cédula —respondí seguro. —Ese lugar... la Italo Argentina... —Es la farmacia Italo Argentina, mi sargento —se adelantó el soldado. Yo le quería explicar que no, que se trataba en verdad de la Compañía de Electricidad. —Está bien —dijo el sargento. Todavía me miró unos segundos. —Allá hay otra señora que tampoco se acuerda del número de su libreta cívica. —Déjenla —ordenó—. Que suban las mujeres y los niños. Ahora interrogaba con insistencia a un gordo. Había alzado su voz en son de protesta. —Soy un laburante. Vendedor. —¿Cómo se llama la señorita que viaja con usted? —Lidia, es una amistad... —No se haga el idiota que del otro micro se quedaron varios —amenazó el sargento. Un oficial que estaba en el otro extremo, gritó: —Todos arriba Sentí que se me aflojaban las piernas. Un mareo invadió mi cuerpo. La palidez de todos los rostros se reflejaría también en mi propia cara. Nené me comentó: —Dicen que detuvieron a tres tipos en el micro que iba adelante. No dije nada. Respiré hondo. Seis millones trescientos ocho mil ciento uno. Ahora intenté leer el número de la libreta de enrolamiento en la otra cara de la cédula. Pero no quise hacer ningún movimiento. No vaya a ser que... Seguimos el viaje. Al rato, escuchamos como disparos. Ta ta ta. —¿Qué es eso? —se preguntaron todos. —Metralleta —dijo Nené. —Es cerca del río —dijo la mujer que llevaba el bebé. Ta ta ta ta se escudó otra vez. ¿O era una ilusión que nos traía el viento? —¿Tomamos mate o no? —dijo Nené. —Sí. Prendí la radio. ¿Cómo iría Boca? —Los que nada tenemos que temer u ocultar, que nada tenemos que ver con la subversión, viajamos tranquilos, ¿no? —dijo alguien—. Ellos saben bien a quiénes buscan. —Es que una se pone nerviosa —dijo la mujer del bebé. —Menos mal que los soldados son considerados —dijo otra. —Todavía quedan subversivos —dijo el vendedor que viajaba furtivamente con una mujer. Tenían razón. No sé por qué sentí tanto miedo al no acordarme del número de documento. No sé. Tonto de mí. Si yo no sabía lo que era un arma. No sé por qué se asustaron todos. Ni por qué sigo temblando. —A ver cómo va el partido —me dije como para distraerme. Nené me dio un mate. —Fijáte si está bien de azúcar... —Sí, está bien. Parece que Gatti es el hombre de la cancha. Qué arquero le dimos a Boca. Después de Amadeo, el más grande... —¿Amadeo? —me preguntó mi cuñado. —Sí: Amadeo Carrizo. Vos no lo viste jugar, Nené. —Pierde Boca, ¿no? —Empata. Vos que hiciste la colimba... ¿eran tiros de metralleta, no? —Liviana. —Están pateando penales para desempatar, Nené. Si ataja el loco Gatti el penal que viene, gana Boca. —No lo quiero escuchar. —Ta ta ta cara o ceca ta ta ta ta...: Gatti Gatti Gatti Boca Boca Boca Boca: Boca campeón. —Tenés razón, Toni, como transmite el uruguayo —admitió Nené. —Acordáte lo que te digo ahora, julio de 1977: este relator va a triunfar porque tiene un estilo bárbaro, che. —Si vos lo decís, que fuiste cronista deportivo, será así. Un tremendo escalofrío me asaltó al recordar el otro “ta ta ta” que se había grabado en mis oídos. Y que recorriéndome, crecía. Crecía. Crecía. EL MATCH El campeón del mundo movió el caballo y el challenger paró el reloj. Eran las 17.15 de un día de primavera que lo sumía en el compungimiento de la derrota. Apenas saludó al ganador. Podía haber seguido la partida un rato para especular con algún eventual error del adversario. Pero algo —no precisaba qué— lo impelió a dejar la sala en donde se desarrollaba el match. Toda una vida preparándose para conseguir la corona de campeón mundial de ajedrez. Si hubiera jugado alfil cuatro dama en la movida 21, habría logrado una mejor posición en el medio juego. Un raro presentimiento lo urgía y corrió hacia su casa. Le dijo al taxista: —Acelere, por favor. El hombre lo miró por el espejito retrovisor. Lo reconocía. —¿Pedirá la revancha? El ajedrecista siguió con su obstinado mutismo hasta caer en la cuenta de que pasaba por descortés. —No me importa la revancha en este momento. Acelere. Hay cosas en la vida mas importantes que el ajedrez —dijo. —Pronto llegaremos, no se aflija. Un triste día de primavera éste... Al doblar la esquina de su casa, pudo ver a su mujer con su hijo menor en brazos, en medio de la calle. Trataba de parar un taxi. Algo malo pasaba. —Esa mujer está en dificultades, señor, si me permite... —Es mi mujer. Pare. —Tenemos que ir al hospital —le dijo su mujer, un tanto sorprendida al verlo—. Pablito tiene mucha fiebre. Menos mal que viniste. ¿Te avisaron que te llamé? La miró, extrañado. —No. —Entonces...¿cómo llegaste tan rápido? Sé que perdiste... —No sé, algo me hizo venir urgente. —La clave de la partida estaba en la jugada 21 —dijo de golpe el taxista—. Yo la estaba siguiendo por radio. Con alfil cuatro dama usted tenía más chance. El ajedrecista lo miró. —Sí —admitió. —Y si después doblaba las torres en la columna rey, su posición era más fuerte —insistió el hombre. —¿A qué hora le subió la fiebre? —le preguntó a su mujer. —A las 17.15. El taxista siguió hablando sobre distintas variantes. Sin duda, era un aficionado que entendía. Un día después de este trance, con Pablito a salvo, el ajedrecista le comentaba a su mujer: —Menos mal que se me apareció ese taxista, estaban todos ocupados, ¿sabés? Parecía todo un experto en ajedrez. —Te dio una tarjeta, agradecéle. —Me había olvidado. Tío raro el tipo. Claro que la movida clave era alfil cuatro dama en la jugada 21. —No nos quiso cobrar —recordó la mujer. El ajedrecista sacó la tarjeta del bolsillo. Absorto, leyó: Paul Keres, gran maestro internacional de ajedrez. El color mudó de su cara. La mujer, preocupada, le preguntó si se sentía mal. Vio como se preparaba un whisky. —No puede ser Paul Keres. Murió hace más de diez años —casi gritó el ajedrecista—. Todo un grande del ajedrez, un campeón del mundo sin corona. La mujer sonrió. —¿Cómo que murió hace diez años? ¿Me estás contando un cuento fantástico o me estás tomando el pelo? Veinticinco años después Pablo se había hecho ajedrecista, como su padre. Había ganado el Interzonal de San Sebastián y ostentaba el título de gran maestro. Le había ganado a Fischer, a Spassky y a Luboievic en varios torneos europeos y era el candidato a jugar contra el campeón mundial. El match era en el Luna Park. Los padres abordaron el taxi. El chofer arrancó sin esperar la indicación de sus pasajeros. —Vamos al Luna Park. —Sí, ya lo sé. Los dos pasajeros se miraron. —¿Cómo lo sabe, eh? —casi se burló el ajedrecis-ta—. ¿Es adivino? —Todo el mundo va al Luna Park a ver el match. La mujer lo miró con detenimiento. —¿Acaso lo conocemos de algún lado, señor? —Casi con seguridad, señora —dijo el taxista—. Uno anda por tantos lados... ¿Están nerviosos, no? Claro, no es para menos. —Juega nuestro hijo —dijo el ajedrecista. —El muchacho gana si inicia la partida con peón cuatro rey —aconsejó el chofer—. Dígale que juegue peón cuatro rey... va a ver que el otro responderá con una defensa siciliana o francesa, va a ver...entonces su hijo se sentirá cómodo en esa apertura. —Mi hijo conoce muy bien la apertura inglesa, señor —refutó el ajedrecista. El taxista rió. —Ganará sólo si juega peón cuatro rey, señor, acuérdese lo que le digo. La mujer se llevó las dos manos a la mitad de la cara. ¿Era posible que...? El taxista se dio vuelta y le dijo: —Señora, esto es una invitación, pero por favor, usted dígale a su hijo que juegue peón cuatro rey. Media hora después, la mujer trataba de convencer a su hijo que comenzara su partida con el peón del rey. Su marido, contrariado, le dijo que era un imposible. Ella explicó que tenía un presentimiento, como que el taxista era una especie de vidente o algo por el estilo. El muchacho no entendía esta puja entre sus padres. Ella se refirió a una anécdota de cuando él era niño y había sido llevado al hospital por un taxista que sabía mucho de ajedrez. Al sentarse frente a su contrincante, Pablo miró a su madre y la vio cómo sonreía, cómo movía la cabeza, tratándolo de convencer con gestos. El reloj en marcha y unos segundos después movió peón cuatro rey. Su padre hizo una exclamación, la que fue acompañada por el público también conmocionado por la sorpresa. Hacía años que no jugaba con blancas peón rey. Una serie de comentarios se sobrepujaron hasta que el campeón mundial respondió con la defensa francesa: peón tres rey. A esto, el padre sintió como un temblor. La imagen del taxista ya no la olvidaba. Al promediar la partida, las blancas estaban mejor. ¿Dónde había visto antes al tipo del taxi? ¿Dónde? —Sabés...se me hace que al tipo del taxi lo hemos visto antes —le dijo a su mujer. —Claro: es el tío aquel que nos llevó en taxi hace veinticinco años cuando Pablito se enfermó. Es el mismo. Sabía más que vos, hasta te analizó el porqué de tu derrota. ¿Te acordás? —Ya sé, ya sé. Ahora sí. Gracias a él, que se apareció de golpe en el Centro, pudimos llevar a Pablito al hospital. Recuerdo que no cesaba de hablar sobre mi partida. Y recuerdo que...—se llevó su mano derecha a la cabeza—: era Paul Keres. La mujer sonrió. —¿El que había muerto hacía muchos años? Vamos, vamos, no me vengas con otra fantasía de las tuyas. Si al taxista lo acabamos de ver, vivito y coleando. Habrá dejado de jugar ajedrez, eso es todo... —No, piensa: Paul es Pablo. ¿Acaso no relacionas los nombres? El del taxi es nomás Paul Keres que viaja en el tiempo y regresa para coronarse campeón del mundo. ¿Entendés? —Estás loco... —Claro: es el fantasma, digamos —siguió elucubrando él— de Paul Keres, que ayudando a Pablito, prueba su propia capacidad como campeón. —Es una locura... —Sí, ahora tiene que estar en el estadio. Giró la cabeza a un lado y a otro. Imposible verlo. El estadio estaba colmado. Un silencio casi espectral se había hecho ante la jugada 33 del retador. El campeón del mundo demoraba en contestar una puesta de torre en la séptima línea. —Sé que tiene que estar en el estadio —insistió el hombre a su mujer. Pero fue ella la que lanzó una exclamación. El taxista estaba en la misma fila que la de ellos, en un extremo, lindando con el pasillo. —Allá está. Es él. —¿Dónde? La pregunta de su marido fue contestada con el dedo índice de la mujer. Un fuerte aplauso retumbó en el Luna Park. Las negras abandonan. Fue cuando el taxista se paró y los saludó con una sonrisa y un tenue movimiento de su mano. Pablito se coronaba campeón mundial de ajedrez. Eran las 17.15 de un hermoso día de primavera.
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DEL LIBRO “ROCK NENA LINDA”

Fantasía en cinco sets


Tuve una enorme alegría cuando me nombraron Enviado Especial para cubrir la información del Torneo de Wimbledon. La última vez que había salido al exterior fue para la prueba de San Silvestre, en San Pablo. A pesar de mi precario inglés, los cronistas locales y las autoridades del torneo me atendieron bien, ofreciéndome toda clase de datos y de estadísticas sobre la historia del gran torneo de Wimbledon. Todo se desarrolló en forma normal hasta la final Borg-McEnroe. El sueco había conquistado cuatro veces consecutivas el trofeo y se perfilaba como favorito. Aunque, para mi gusto, el “niño terrible” ya era uno de los grandes. Me lo había comentado el propio Enrique Morea y el “mecano” Julián Ganzábal.
Muchos colegas argentinos estimaban que la lucha sería a muerte. Y a pesar de la objetividad que debe imponerse el periodista, uno en su fuero íntimo, suele llevar su simpatía. En mi caso, el que debía ganar era McEnroe. Tuve esa certeza al finalizar el primer set 6-1 a su favor. La perplejidad de todos —hasta la del propio Borg— había ido en aumento game a game de aquel primer set. El “hombre de hielo” —Borg— había perdido la línea y el nerviosismo se denotaba en su rostro. En una jugada, al disponerse a replicar, la raqueta salió despedida de su mano.
Al promediar el segundo set entendí que algo le pasaba a McEnroe. Y no era porque tenía al público en su contra, si bien esto lo perjudicaba psicológicamente. De pronto rifó dos pelotas en forma inexplicable con toda la cancha a su disposición y con Borg en un ángulo fuera de acción. El game que McEnroe ganaba fácil lo malogró en una doble falta y con una pelota que se le cayó a la red. El score fue variando en favor del sueco, no por sus méritos, sino por los desastrosos desaciertos de McEnroe, el que se “suicidaba” jugando mal, de manera que no se podía explicar. Uno de mis colegas dijo que algo raro le pasaba al norteamericano. Insinuó que la tribuna lo había inhibido, que no se explicaba el accionar tan irregular de McEnroe en posiciones comunes para todo tenista.
Observé con atención al niño terrible y vi de golpe que una sombra blanca se movía paralelamente a su cuerpo. Me puse los anteojos de sol. Pensé que se trataba de un efecto óptico. Temblé al comprobar que no era una alucinación o un efecto visual. En un globo del sueco la sombra se abalanzó sobre McEnroe haciéndolo doblar la raqueta y enseguida una pelota que tenía destino milimetrado para ganar el game fue desviada como por arte de magia ante los ojos absortos del público, que se había adelantado aplaudiendo el descontado tanto.
Entonces ya vi al fantasma blanco en toda la cancha. No podía admitir esa lucha desigual. Pedí hablar con las autoridades del torneo. No me hicieron caso. La titánica lucha era “pareja” para todos menos para mí. Un colega sueco me dijo: “Tenemos al mejor del mundo” Le contesté que no dudaba de las aptitudes de Borg, sin embargo, no era éste su mejor nivel, aunque estuviese triunfando. Y le grité que un duende, un fantasmito, ayudaba a Borg para derrotar al norteamericano. Varios colegas argentinos me miraron y me gastaron un par de bromas. El periodista sueco no volvió a dirigirme la palabra.
Sólo yo sabía que el niño terrible luchaba contra dos contendientes. La indignación crecía en mí y al fin, decidí bajar. Me acerqué a los segundos de McEnroe. No atendieron mi argumentación. Vi que un policía se acercaba. Le mostré las credenciales y me dijo con cortesía que tomase ubicación en el lugar asignado al periodismo. Aproveché para ir a uno de los baños con la idea de escribir un mensaje y hacérselo llegar a McEnroe. Busqué a un boy de gorra a cuadros —que había visto antes cerca de los vestuarios— y le entregué el mensaje con unos chelines de propina.
El sol se había apagado y el campo se tornó gris. Había comenzado el cuarto set y Borg en tres raquetazos ganó el primer game. Traté de observar al duendecito y no lo pude localizar. El niño terrible había comenzado a hacer de las suyas y no le daba tregua al sueco. Se había nublado por completo y el viento frío congelaba los huesos. Menos mal que sirvieron café caliente varias veces. McEnroe lució su destreza y, en un game que esta-ban iguales, con un elegante toque de efecto, dejó pican-do la pelota, haciendo estéril la zambullida de Borg. Ven-taja para McEnroe. Respiré: el fantasmito ya no se veía. Ganó el set el chico terrible y ahora estábamos 2-2.
El periodismo seguía discutiendo sobre las posibilidades de ambos tenistas. Muchos de los que antes daban por descontada la victoria del sueco, dudaron a partir de esta igualdad. Hasta decían que McEnroe debía ganar. Me enteré que varios medios londinenses esperaban el desenlace con dos títulos preparados: “Ganó Borg-Ganó McEnroe”. Un periodista alemán adujo que la calidad del sueco iba a imponerse. Le dije que era incontrastable que había aparecido en el tenis mundial un nuevo monstruo: McEnroe.
Me cobijé mediante una visera del sol que había reaparecido con toda su fuerza y quemaba. Presentía el triunfo de McEnroe. Sin embargo, comenzó con aplomo Borg el primer game del último set. Me quedé helado cuando el norteamericano quiso colocar una pelota y se le cayó a la red. Era un tanto decisivo. McEnroe se quedó con las dos manos en la cintura, impotente. Borg también había cometido errores, pero no eran tan graves y tan continuados como los de McEnroe. Busqué desesperado al duendecito y lo vi: saltaba y saltaba junto a las piernas del niño terrible. Entonces sucedió lo que para todos fue una pelota inalcanzable para McEnroe: el fantasmito había agarrado sus piernas en el momento que replicaba y el jugador cayó aparatosamente al suelo. Match point. Otra pelota que iba hacia el centro del campo de Borg —cuando había quedado descolocado— tomó vuelo y velocidad como un avioncito de papel, aterrizando centímetros fuera de la línea. Ganó Borg.
McEnroe comenzó a dar raquetazos al aire. Sólo yo me di cuenta de que eran para el duendecito. Ni el propio Borg creía en el triunfo: arrodillado, festejaba una conquista impresionante. Ya no me importaba nada: ni la nota ni los reportajes ni el dinero apostado a favor del niño terrible. En el campo ya desierto, quise ubicar al fantasmito. No estaba. El sol había caído definitivamente. Y me encaminé hacia el salón de las télex para los periodistas acreditados.


TATATATATAGOOOOOL


Veníamos de San Juan y el calor nos agobiaba. Nené prendió la radio. Sentí la voz de un relator de fútbol —para mí desconocido hasta ese momento— que transmitía la final Boca-Palmeiras desde la hermana República Oriental del Uruguay.
—¿En dónde estamos?
—Estamos entrando en la Provincia de Buenos Aires —le aclaré a mi cuñado— ¿cómo va Boca?
—No sé, no me interesa.
Entonces me dio la radio. Claro, éramos de River.
—¿Tomamos unos mates, Nene ?
—Bueno, unos matungos no vendrán mal.
—Ta ta ta solo frente al arquero, lo va a fusilar, ta ta ta... —la voz del relator. Lo miré a Nené.
—La gozás porque Boca no va ganando, eh.
—Sí.
—No tenés que ser así —le dije—, con Boca los de River somos primos hermanos.
—Seguro —dijo, con sorna—. Por eso nos llevamos como la mona.
—Cómo transmite ese muchacho, qué original, qué estilo, el partido lo vive y te lo hace vivir.
—Si transmitiera a River, todavía.
Reímos. De pronto, el micro se desvió a un costado del camino.
—¿Qué pasa? —preguntó una señora.
—Hay milicos en la ruta —explicó uno que leía el diario.
—Requisa —dijo el chofer—. Nos harán bajar a todos.
—Hay que joderse —dijo alguien atrás—. Encima que vamos con atraso...
—¿Qué buscarán?
La pregunta la había hecho una mujer que iba con un bebé.
—Subversivos —dijo al chofer.
Nos hicieron bajar a todos. Las mujeres en una pared del micro. Los hombres en la otra pared, con las manos en alto. Pidieron documentos. Miraban con ahínco los mismos. Las fotos, primero. La cara de la gente, después.
—No somos ladrones —se atrevió a decir la mujer que viajaba con el bebé.
—Cállese, señora. Recibimos órdenes.
—Dígame su número de documento —me instó un soldado.
Titubeé. El miedo se apoderó de mí. No me acordaba. Diablos. Seis millones, seis millones...
—Seis millones...espere,
—Sí. Seis millones y ¿cuánto?
—Seis millones —recordé— trescientos mil...
—¿No sabe su número de cédula? ¿Y el de la libreta de enrolamiento?
Me quedé mudo. Nené me miró y dijo:
—Decíles la verdad: que nunca los memorizaste.
—Ciento uno...
—¿Está bromeando? ¿Quiere decirme que su documento tiene tres números?
Temblé.
—No...quiero decirle que termina en ciento uno... Se había acercado un oficial.
—¿Qué pasa, soldado?
—No sabe bien los números de su documento, mi sargento.
—¿Dónde trabaja?
—En la Italo —respondí.
—¿Y eso qué es?
Me miró fijo.
—La Italo Argentina —intenté explicar; de golpe me vino a la memoria el número completo—. Seis millones trescientos ocho mil ciento uno.
—¿Cédula o libreta? —inquirió el sargento.
—Cédula —respondí seguro.
—Ese lugar... la Italo Argentina...
—Es la farmacia Italo Argentina, mi sargento —se adelantó el soldado. Yo le quería explicar que no, que se trataba en verdad de la Compañía de Electricidad.
—Está bien —dijo el sargento.
Todavía me miró unos segundos.
—Allá hay otra señora que tampoco se acuerda del número de su libreta cívica.
—Déjenla —ordenó—. Que suban las mujeres y los niños.
Ahora interrogaba con insistencia a un gordo. Había alzado su voz en son de protesta.
—Soy un laburante. Vendedor.
—¿Cómo se llama la señorita que viaja con usted?
—Lidia, es una amistad...
—No se haga el idiota que del otro micro se quedaron varios —amenazó el sargento.
Un oficial que estaba en el otro extremo, gritó:
—Todos arriba
Sentí que se me aflojaban las piernas. Un mareo invadió mi cuerpo. La palidez de todos los rostros se reflejaría también en mi propia cara. Nené me comentó:
—Dicen que detuvieron a tres tipos en el micro que iba adelante.
No dije nada. Respiré hondo. Seis millones trescientos ocho mil ciento uno. Ahora intenté leer el número de la libreta de enrolamiento en la otra cara de la cédula. Pero no quise hacer ningún movimiento. No vaya a ser que...
Seguimos el viaje. Al rato, escuchamos como disparos. Ta ta ta.
—¿Qué es eso? —se preguntaron todos.
—Metralleta —dijo Nené.
—Es cerca del río —dijo la mujer que llevaba el bebé.
Ta ta ta ta se escudó otra vez. ¿O era una ilusión que nos traía el viento?
—¿Tomamos mate o no? —dijo Nené.
—Sí.
Prendí la radio. ¿Cómo iría Boca?
—Los que nada tenemos que temer u ocultar, que nada tenemos que ver con la subversión, viajamos tranquilos, ¿no? —dijo alguien—. Ellos saben bien a quiénes buscan.
—Es que una se pone nerviosa —dijo la mujer del bebé.
—Menos mal que los soldados son considerados —dijo otra.
—Todavía quedan subversivos —dijo el vendedor que viajaba furtivamente con una mujer.
Tenían razón. No sé por qué sentí tanto miedo al no acordarme del número de documento. No sé. Tonto de mí. Si yo no sabía lo que era un arma. No sé por qué se asustaron todos. Ni por qué sigo temblando.
—A ver cómo va el partido —me dije como para distraerme. Nené me dio un mate.
—Fijáte si está bien de azúcar...
—Sí, está bien. Parece que Gatti es el hombre de la cancha. Qué arquero le dimos a Boca. Después de Amadeo, el más grande...
—¿Amadeo? —me preguntó mi cuñado.
—Sí: Amadeo Carrizo. Vos no lo viste jugar, Nené.
—Pierde Boca, ¿no?
—Empata. Vos que hiciste la colimba... ¿eran tiros de metralleta, no?
—Liviana.
—Están pateando penales para desempatar, Nené. Si ataja el loco Gatti el penal que viene, gana Boca.
—No lo quiero escuchar.
—Ta ta ta cara o ceca ta ta ta ta...: Gatti Gatti Gatti Boca Boca Boca Boca: Boca campeón.
—Tenés razón, Toni, como transmite el uruguayo —admitió Nené.
—Acordáte lo que te digo ahora, julio de 1977: este relator va a triunfar porque tiene un estilo bárbaro, che.
—Si vos lo decís, que fuiste cronista deportivo, será así.
Un tremendo escalofrío me asaltó al recordar el otro “ta ta ta” que se había grabado en mis oídos. Y que recorriéndome, crecía. Crecía. Crecía.







EL MATCH


El campeón del mundo movió el caballo y el challenger paró el reloj. Eran las 17.15 de un día de primavera que lo sumía en el compungimiento de la derrota. Apenas saludó al ganador. Podía haber seguido la partida un rato para especular con algún eventual error del adversario. Pero algo —no precisaba qué— lo impelió a dejar la sala en donde se desarrollaba el match. Toda una vida preparándose para conseguir la corona de campeón mundial de ajedrez. Si hubiera jugado alfil cuatro dama en la movida 21, habría logrado una mejor posición en el medio juego. Un raro presentimiento lo urgía y corrió hacia su casa. Le dijo al taxista:
—Acelere, por favor.
El hombre lo miró por el espejito retrovisor. Lo reconocía.
—¿Pedirá la revancha?
El ajedrecista siguió con su obstinado mutismo hasta caer en la cuenta de que pasaba por descortés.
—No me importa la revancha en este momento. Acelere. Hay cosas en la vida mas importantes que el ajedrez —dijo.
—Pronto llegaremos, no se aflija. Un triste día de primavera éste...
Al doblar la esquina de su casa, pudo ver a su mujer con su hijo menor en brazos, en medio de la calle. Trataba de parar un taxi. Algo malo pasaba.
—Esa mujer está en dificultades, señor, si me permite...
—Es mi mujer. Pare. —Tenemos que ir al hospital —le dijo su mujer, un tanto sorprendida al verlo—. Pablito tiene mucha fiebre. Menos mal que viniste. ¿Te avisaron que te llamé?
La miró, extrañado.
—No.
—Entonces...¿cómo llegaste tan rápido? Sé que perdiste...
—No sé, algo me hizo venir urgente.
—La clave de la partida estaba en la jugada 21 —dijo de golpe el taxista—. Yo la estaba siguiendo por radio. Con alfil cuatro dama usted tenía más chance.
El ajedrecista lo miró.
—Sí —admitió.
—Y si después doblaba las torres en la columna rey, su posición era más fuerte —insistió el hombre.
—¿A qué hora le subió la fiebre? —le preguntó a su mujer.
—A las 17.15.
El taxista siguió hablando sobre distintas variantes. Sin duda, era un aficionado que entendía.

Un día después de este trance, con Pablito a salvo, el ajedrecista le comentaba a su mujer:
—Menos mal que se me apareció ese taxista, estaban todos ocupados, ¿sabés? Parecía todo un experto en ajedrez.
—Te dio una tarjeta, agradecéle.
—Me había olvidado. Tío raro el tipo. Claro que la movida clave era alfil cuatro dama en la jugada 21.
—No nos quiso cobrar —recordó la mujer.
El ajedrecista sacó la tarjeta del bolsillo. Absorto, leyó: Paul Keres, gran maestro internacional de ajedrez. El color mudó de su cara. La mujer, preocupada, le preguntó si se sentía mal. Vio como se preparaba un whisky.
—No puede ser Paul Keres. Murió hace más de diez años —casi gritó el ajedrecista—. Todo un grande del ajedrez, un campeón del mundo sin corona.
La mujer sonrió.
—¿Cómo que murió hace diez años? ¿Me estás contando un cuento fantástico o me estás tomando el pelo?


Veinticinco años después

Pablo se había hecho ajedrecista, como su padre. Había ganado el Interzonal de San Sebastián y ostentaba el título de gran maestro. Le había ganado a Fischer, a Spassky y a Luboievic en varios torneos europeos y era el candidato a jugar contra el campeón mundial. El match era en el Luna Park. Los padres abordaron el taxi. El chofer arrancó sin esperar la indicación de sus pasajeros.
—Vamos al Luna Park.
—Sí, ya lo sé.
Los dos pasajeros se miraron.
—¿Cómo lo sabe, eh? —casi se burló el ajedrecis-ta—. ¿Es adivino?
—Todo el mundo va al Luna Park a ver el match.
La mujer lo miró con detenimiento.
—¿Acaso lo conocemos de algún lado, señor?
—Casi con seguridad, señora —dijo el taxista—. Uno anda por tantos lados... ¿Están nerviosos, no? Claro, no es para menos.
—Juega nuestro hijo —dijo el ajedrecista.
—El muchacho gana si inicia la partida con peón cuatro rey —aconsejó el chofer—. Dígale que juegue peón cuatro rey... va a ver que el otro responderá con una defensa siciliana o francesa, va a ver...entonces su hijo se sentirá cómodo en esa apertura.
—Mi hijo conoce muy bien la apertura inglesa, señor —refutó el ajedrecista.
El taxista rió.
—Ganará sólo si juega peón cuatro rey, señor, acuérdese lo que le digo.
La mujer se llevó las dos manos a la mitad de la cara. ¿Era posible que...? El taxista se dio vuelta y le dijo:
—Señora, esto es una invitación, pero por favor, usted dígale a su hijo que juegue peón cuatro rey.

Media hora después, la mujer trataba de convencer a su hijo que comenzara su partida con el peón del rey. Su marido, contrariado, le dijo que era un imposible. Ella explicó que tenía un presentimiento, como que el taxista era una especie de vidente o algo por el estilo. El muchacho no entendía esta puja entre sus padres. Ella se refirió a una anécdota de cuando él era niño y había sido llevado al hospital por un taxista que sabía mucho de ajedrez. Al sentarse frente a su contrincante, Pablo miró a su madre y la vio cómo sonreía, cómo movía la cabeza, tratándolo de convencer con gestos. El reloj en marcha y unos segundos después movió peón cuatro rey. Su padre hizo una exclamación, la que fue acompañada por el público también conmocionado por la sorpresa. Hacía años que no jugaba con blancas peón rey. Una serie de comentarios se sobrepujaron hasta que el campeón mundial respondió con la defensa francesa: peón tres rey. A esto, el padre sintió como un temblor. La imagen del taxista ya no la olvidaba. Al promediar la partida, las blancas estaban mejor. ¿Dónde había visto antes al tipo del taxi? ¿Dónde?
—Sabés...se me hace que al tipo del taxi lo hemos visto antes —le dijo a su mujer.
—Claro: es el tío aquel que nos llevó en taxi hace veinticinco años cuando Pablito se enfermó. Es el mismo. Sabía más que vos, hasta te analizó el porqué de tu derrota. ¿Te acordás?
—Ya sé, ya sé. Ahora sí. Gracias a él, que se apareció de golpe en el Centro, pudimos llevar a Pablito al hospital. Recuerdo que no cesaba de hablar sobre mi partida. Y recuerdo que...—se llevó su mano derecha a la cabeza—: era Paul Keres.
La mujer sonrió.
—¿El que había muerto hacía muchos años? Vamos, vamos, no me vengas con otra fantasía de las tuyas. Si al taxista lo acabamos de ver, vivito y coleando. Habrá dejado de jugar ajedrez, eso es todo...
—No, piensa: Paul es Pablo. ¿Acaso no relacionas los nombres? El del taxi es nomás Paul Keres que viaja en el tiempo y regresa para coronarse campeón del mundo. ¿Entendés?
—Estás loco...
—Claro: es el fantasma, digamos —siguió elucubrando él— de Paul Keres, que ayudando a Pablito, prueba su propia capacidad como campeón.
—Es una locura...
—Sí, ahora tiene que estar en el estadio.
Giró la cabeza a un lado y a otro. Imposible verlo. El estadio estaba colmado. Un silencio casi espectral se había hecho ante la jugada 33 del retador. El campeón del mundo demoraba en contestar una puesta de torre en la séptima línea.
—Sé que tiene que estar en el estadio —insistió el hombre a su mujer.
Pero fue ella la que lanzó una exclamación. El taxista estaba en la misma fila que la de ellos, en un extremo, lindando con el pasillo.
—Allá está. Es él.
—¿Dónde?
La pregunta de su marido fue contestada con el dedo índice de la mujer. Un fuerte aplauso retumbó en el Luna Park. Las negras abandonan. Fue cuando el taxista se paró y los saludó con una sonrisa y un tenue movimiento de su mano. Pablito se coronaba campeón mundial de ajedrez. Eran las 17.15 de un hermoso día de primavera.


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